viernes, 21 de enero de 2011

Viejo músico callejero

Querid@s lector@s,
aquí os dejo un relato que escribí hace no mucho, con la esperanza de que os guste.

VIEJO MÚSICO CALLEJERO



La lluvia recorría sus encallados dedos, hartos de “LA Mayor” y “SI Bemol”, cuando aquel viejo músico se disponía a recoger su maltrecha guitarra y guardarla en la que algún día fue una funda reluciente. Pero el relucir había pasado hacía muchos años. Y el cielo estaba nublado.

Se arrodilló y tomó su sombrero que a tantos viajes le había acompañado. Recogió unos pocos céntimos que habían dejado en él, y se lo puso guardando la recaudación en un saquito de cuero, parecido a un monedero, recuerdo, quizá, de alguna de sus giras por el mundo.

Se ató su canosa y encardada melena y cogiendo sus enseres se dispuso a partir hacia quién sabe dónde.

Su mirada reflejaba mayor sabiduría de la que alcanzamos la mayoría de los mortales en toda una vida. Sus hombros caídos soportaban el peso de un pasado entre escenarios, drogas, alcohol… Y sexo.

Así se fue el músico, arrastrando los pies más que caminando, envuelto entre una multitud que parecía ignorarle. Invisible entre aquellos que tiempo atrás le habían aclamado. Fans que hubieran empeñado hasta la vida por una simple firma, y que ahora le miran por encima del hombro cuando dejan resbalar entre sus dedos las monedas sobrantes de la compra. La vuelta de un billete de diez. Y el ticket marca nueve con noventa y ocho.

Pero él se lo agradece igual.

Viejo músico callejero, que en tu día fuiste un héroe y ahora deleitas a los transeúntes con tu talento, pidiendo a cambio poco más que nada.

Sin embargo, entre esa barba blanquinegra se atisba una sonrisa; unos labios arqueados por el recuerdo de un tiempo pasado. No mejor, tampoco peor. Simplemente pasado.

El paso del tiempo ha tallado en su cara lecciones de vida que sus manos grabaron al compás de los acordes en su guitarra. Lecciones que algunos intuyen, muchos omiten, pero todos acabamos comprobando.

Pasó su fama. Quemó su fortuna entre marihuana. La sumergió en whiskey caro. Y lo poco que le quedaba lo esnifó en vientres de burdel.

Pasaron los días de juergas, de borracheras, de ser un dios.

Pasó el pasado.

Pero su amor nunca le ha dejado. Su amante ha permanecido a su lado aún cuando el resto del mundo parecía desvanecerse.

Viejo músico callejero, entre mujeres y alcohol encontraste al amor de tu vida. No la dejes. No la olvides. Ella siempre estará contigo.

La música nunca te abandonará.

lunes, 17 de enero de 2011

Impenetrable muro

Querido lector,
sé que aún no tenemos mucha confianza, pero confío en que con el paso del tiempo podamos ir ganándola.
Permíteme que te cuente algo que me ocurrió hace no demasiado.
Salí antes de lo normal del trabajo, y como hacía buen tiempo, decidí dar un rodeo para volver a casa. Me puse a caminar, con la compañía de mi inseparable amiga la música, y cuando me quise dar cuenta, estaba en algún lugar a las afueras de Salamanca. Había estado tan ensimismado en mis pensamientos, que ni era consciente de la ruta que había tomado.
Pero eso no me preocupó. Simplemente seguí caminando.
Y así, caminando, caminando, llegué a un pequeño claro que había junto al río. Me senté un instante a descansar, y mientras mi mirada se perdía en el infinito, algo la distrajo de su viaje.
A pocos metros de mí, entre unos arbustos, vi a una joven, arrodillada, con su rostro oculto por unas manos y aparentemente sollozando.
Sin duda esto llamó mi atención, y no pude evitar acercarme para ver qué le ocurría.
Empezamos a charlar y la chica me desveló que hace tiempo cultivaba rosales en aquél lugar. Unos rosales en los que germinaban las rojas más intensas que jamás nadie hubiera visto. En sus tallos no amenazaba espina alguna. Un placer, sin duda, para los sentidos.
Sin embargo, un invierno hubo una helada terrible, y todos murieron.
Bueno, todos menos uno.
Un pequeño ejemplar que no había más que ver para saber que había sido terriblemente maltratado por el tiempo. Era seguramente el más pequeño de todos los que una vez hubo. Y, al menos a simple vista, debía ser el más débil también. Sin embargo, era el que había perdurado; aunque ya no era el mismo.
Sus tallos había generado unas espinas afiladas como cuchillos. Ningún animal se atrevía a acercarse a aquel rosal, ya que aquel que intentaba aproximarse salía gravemente dañado por las espinas.
Y por si no fuera poco, la joven muchacha, temerosa de perder el único de los rosales que un día poblaban su pequeño jardín, y que maravillaban a todo aquél que por allí pasaba, había levantado un muro al rededor de dicho rosal.
Debido a este muro, era imposible ver aquél pequeño ejemplar. Nada ni nadie podía acceder a través de él.
Estaba claro que la muchacha había protegido al rosal de toda agresión, de todo aquello que pudiera dañarle.
Pero no se dio cuenta de que el rosal, para poder seguir con vida, debía recibir la luz del sol y ser regada; y también de esto había privado a la débil planta.
Aquello que pretendía protegerlo, no hacía sino destruirla lentamente. Y como era evidente, el rosal acabó muriendo.
Sentí una profunda tristeza por aquella joven, pero no conseguía entender por qué había levantado aquel muro, era evidente que, si bien protegería al rosal de toda agresión exterior, también le privaría de aquello que necesitaba para vivir.
Seguimos charlando sobre esto y aquello, hasta que por fin se tranquilizó. Le acompañe hasta su puerta, y allí nos despedimos.
De camino a casa, no podía dejar de darle vueltas a aquél encuentro, y a la actitud de la chica con su rosal. Y a base de darle vueltas, me di cuenta de algo que me hizo replantearme mi vida.
Aquella chica no había hecho nada distinto con su rosal de lo que hacemos todos con nuestras vidas.
Cuando hemos sufrido, nos han maltratado, y apenas queda un pequeño resquicio de la felicidad que un día nos inundaba, levantamos una pared,un muro que no dejamos que nadie penetre para evitar que nos hagan daño. Pero no nos damos cuenta de que ese muro también puede frenar muchas cosas buenas, felices, y en muchos casos, indispensables para la vida.

Aquél día hice una grieta en mi muro lo suficientemente amplia para poder ofrecer al menos una oportunidad de llegar a mí a todo aquello que pueda hacerme feliz.