Querid@ lector@,
hace un tiempo que no he dado señales de vida, pero recientes acontecimientos me han impulsado a escribir el siguiente relato. Espero que os guste.
INMORTAL
Allí estaba yo, entre toda aquella gente que me miraba con un gesto extraño. Sus rostros sonreían, pero sus ojos brillaban bañados en lágrimas. Como si dentro de ellos se librase una épica batalla entre la tristeza y la felicidad.
Me incorporé y comencé a caminar entre ellos, aunque nadie notó mi presencia.
Es una sensación extraña presenciar tu propio funeral.
Uno nunca piensa que ese tipo de cosas le puedan suceder, pero soy la prueba viviente (bueno, viviente, lo que se dice viviente...) de que suceden. Te da una perspectiva un tanto curiosa. Es algo que siempre me llamó la atención. La muerte es capaz de ensalzar incluso al peor de los villanos.
No acostumbramos a escuchar en un velatorio expresiones como "sí, murió joven. Y arderá en el infierno", o "era una mala persona", "mejor muerto que vivo", "nadie le echará de menos, tiene lo que merece". Incluso la gente que apenas te conoce habla maravillas de ti.
Y todos acaban con un suspiro y una sentencia lapidaria: "No somos nada".
Pero, ¿cómo que no somos nada? ¡Somos mucho! ¡Somos todo! Ese tipo de expresiones tan devaluativas siempre me pusieron de los nervios.
Como os iba contando, allí estaba yo, presenciando mi entierro. Un día soleado, con un cielo azul cielo precioso, sin un atisbo de nubes. Uno de esos días de película, en los que la hierba está bañada de un verde intenso, los pájaros cantaban al unísono y las flores miraban en perfecta armonía hacia el sol. Un buen día para ser enterrado, sin duda.
Al abrir los ojos me sentí más extraño que nunca. No es agradable despertar en una especie de agujero y ver a toda tu familia, amigos y conocidos, alrededor tuyo con los ojos enjugados en lágrimas, aunque sin saber por qué. Cuesta darse cuenta de que lloran por ti, de que en realidad estas muerto.
Pero una vez lo superas, no está tan mal.
Y os preguntaréis, ¿qué hace un chico tan joven siendo enterrado un día tan bonito?
Todo empezó hace algo más de dos meses. En una visita rutinaria al médico, éste vio algo raro en mis resultados, y empezó a hacerme pruebas.
Lo cierto es que soy todo lo contrario a una persona aprensiva, pero cuando ves a tu médico con cara de preocupación, haciéndote todo tipo de análisis, empiezas a pensar que quizá algo vaya mal. Y por suerte o (como en este caso) por desgracia, siempre tengo razón. Algo iba mal. Joder, y tan mal.
Al parecer tenia una enfermedad crónica en estado muy avanzado, prácticamente terminal.
Según me dijo el médico, lo más probable es que mi vida tuviera una duración ya establecida. Me quedaban unos dos meses de vida.
Quizá creáis que soy un débil, pero informaciones así te dejan hecho polvo.
Nunca había visto expresiones semejantes en la cara de mis padres, que me acompañaban en el momento de recibir la noticia. Hubo un silencio sepulcral. Fue tal el shock que ni siquiera nos salían las lágrimas.
Pero la vida sigue. Más o menos tiempo, pero sigue. Y yo debía seguir con la mía, con más razón, probablemente, que los demás, ya que la mía tenía próxima su caducidad.
Eso hice. Lo bueno de saber que el final de tu vida está próximo es que te dejas de tonterías. Procuras que cada segundo que pase merezca la pena. No tienes tiempo para desperdiciar.
Suena muy tópico, y yo odio los tópicos. Pero lo que es, es. Cuando estás en esa situación, aprendes a valorar lo que la gente llama “las pequeñas cosas”. Pero la gente no tiene ni idea. Esas “pequeñas cosas” son las “grandes cosas” de la vida. Aunque me temo que hay que ver la muerte de cerca para entenderlo.
Así pues, comencé a disfrutar de esas “pequeñas cosas”. Pasear, leer un libro tumbado en la hierba bajo el sol, una comida familiar, salir con tus amigos, hacer el amor, y así un largo etcétera. Y disfrutando de las pequeñas cosas empecé a sentirme más feliz que nunca.
Los problemas que antes me atormentaban, ahora parecían totalmente banales, sin la más mínima importancia. Por el contrario, cosas que por estos problemas había relegado a un segundo plano, cobraban ahora importancia, y llenaban por completos mis días.
Por fin empecé a ser feliz.
La gente que me rodeaba no conseguía entender cómo podía estar tan contento cuando mi vida rozaba su fin. Traté de explicárselo, pero hay cosas que sólo se pueden comprender cuando las vives en tu propia piel. Así que desistí de intentar que lo comprendiesen, esperando que nunca tuvieran que hacerlo.
Cada noche, al cerrar los ojos, no podía dejar de pensar en lo inmensamente feliz que había sido aquél día, y me dormía imaginando que el próximo iba a ser aún mejor.
Y cada mañana, al abrir los ojos, lo primero que hacía era levantar la persiana y contemplar la ciudad, como si estuviera retando al mundo, a ver si era capaz de hacerme aún más dichoso que el día anterior.
Llegó el momento, allá por la tercera semana después de la noticia, que incluso olvidé que mi días estaban contados, que mi vida tenía fijada una fecha de caducidad.
Simplemente vivía en el ahora. Mi fin vivía en el mañana, y por eso no nos encontrábamos en mis pensamientos.
Pero olvidar algo no implica que esto desaparezca.
Rozando ya el segundo mes, mis órganos comenzaron a fallar. Todo mi mundo antes feliz, se iba tiñendo poco a poco de tonos grises. Todo parecía entristecer a mí alrededor. Mi familia, mis amigos, mi chica. Todo menos yo.
Aunque por un breve periodo de tiempo lo olvidé, desde el principio de esta travesía sabía cómo, y relativamente cuando, iba a llegar mi final. El médico me había prevenido de los síntomas, y de que el final del camino iba a ser arduo.
Cuando sentía que la muerte estaba a punto de llamar a mi puerta, reuní a la gente más cercana, y les hice prometer algo.
Que no se dejasen apoderar por la tristeza. Que no llorasen mi marcha.
Lo único que les pedí fue que recodasen la felicidad que me invadió en el último mes. Que recordasen los momentos felices que habían pasado conmigo. Que nunca olvidasen que, si bien me había ido pronto de su lado, siempre permanecería con ellos. La vida eterna no consiste en no morir nunca, sino en vivir dentro de la gente que te ha querido, en dejar tu huella en este mundo.
Tras arrancar la promesa de todos ellos, cerré lentamente los ojos.
No se cuánto tardé en abrirlos. Pero cuando lo hice, vi a mi alrededor a toda aquella gente que me miraba con un gesto extraño. Sus rostros sonreían, pero sus ojos brillaban bañados en lágrimas. Como si dentro de ellos se librase una épica batalla entre la tristeza y la felicidad.
Me incorporé y comencé a caminar entre ellos, aunque nadie notó mi presencia.
Creo que cumplieron su promesa. Por eso estoy hoy aquí, presenciando mi funeral, porque la gente que me quiso, me sigue queriendo. Sigo vivo en su memoria.
Me han hecho inmortal.
Dedicado a Mamá Rosa. Aunque tu cuerpo nos haya dejado,
tu recuerdo vivirá siempre en nosotros.