lunes, 28 de febrero de 2011

Pintor de almas

Querid@s lector@s:
os dejo aquí otro relato, dedicado a todos los pintores de almas que pueblan este mundo.
Espero que os guste.

PINTOR DE ALMAS


Érase una vez un pintor, el mejor pintor que jamás haya existido. El mundo entero admiraba su obra; cada día, personas de todos los rincones del planeta acudían a su residencia para admirar su producción.

Lo cierto es que no era un pintor bohemio. Tampoco un artista surrealista de los que sólo unos pocos aprecian, menos entienden, y el resto finge entender y apreciar.

No.

Era un hombre corriente, como tú y como yo. Exteriormente nada hacía pensar que aquél era un personaje tan conocido y admirado por el mundo entero.

En una ocasión, tras acabar su última creación, una niña pequeña, de unos 6 o 7 años, le preguntó:

- ¿Señor, cómo es posible que sea usted un pintor tan famoso y admirado por el mundo entero?

El artista le preguntó:

- ¿Por qué me preguntas eso? ¿No te gustan mis obras?

- ¿Obras? ¿Qué obras? Señor, ¿Por qué viene gente de todo el mundo a ver sus cuadros, si no tiene usted ninguno? Y, ¿Cómo es posible que sea tan buen pintor si es usted manco?

Sonriendo ante la sinceridad de la pequeña, el pintor le contestó:

- Pequeña, los cuadros son algo material, y por consiguiente, algo efímero. Pueden perderse, estropearse, o romperse. Hay mucha gente que sabe pintar cuadros. Mi talento no es ese. Yo no soy un pintor de cuadros. Mis lienzos no están hechos de tela. Yo pinto en las almas de la gente. Pinto sonrisas, pinto recuerdos. Pinto el amor en las tardes de verano. Pinto la melancolía en una lluviosa tarde de invierno. Por muy habilidosos que sean con sus manos, el resto de pintores no hacen más que reproducir un momento concreto o representar una idea determinada.

Mi trabajo consiste en dejar una huella imborrable en las personas. Yo, pequeña, soy un pintor de almas.

- ¿Y cómo puedo ser yo una pintora de almas?

- Es muy fácil, –respondió él- ya eres una pintora de almas. Todos somos pintores de almas. Estoy seguro de que desde el mismo momento en que naciste comenzaste a pintar. Pintaste las almas de tus padres, de tus abuelos y de todos tus familiares. Has pintado y pintas las almas de tus amigos y de tus profesores del colegio. Pintarás algún día el alma de algún chico (o chica) que te querrá, y a quien querrás, y quizá puedas pintar la vida de tus futuros hijos, e incluso nietos. Pequeña, todos nos pasamos la vida pintando almas.

- Entonces, ¿qué le hace a usted tan especial, señor pintor?

- Lo único que me diferencia del resto de pintores de almas es que yo soy consciente de ello, y por eso, me esmero en cada trazo, procuro que cada pincelada sea imborrable. Trato de buscar en cada una de mis obras la perfección. Si te equivocas pintando un cuadro, en el peor de los casos tiras el lienzo y comienzas de nuevo. Pero si te equivocas pintando un alma, joven amiga, no hay manera de arreglarlo. Si bien hay gente que tiene el don de obviar esos malos trazos (lo que tú conoces como perdonar), es muy difícil borrarlos del todo. Por ello debes esmerarte en cada pequeña pincelada que des en el alma de los que te rodean. Haz de cada alma una obra de arte, y esta perdurará en el tiempo, y tú perdurarás con ella.

Desde aquel momento, la joven comenzó a pintar (conscientemente) las almas de todos los que le rodeaban. Esmerándose en cada trazo como si no fuera a pintar ninguno más, haciendo de su arte perfección. No tardó mucho en ser tan famosa como aquél pintor que un día le reveló el secreto de su arte, y llegó gente de todo el mundo para contemplar su talento.


lunes, 14 de febrero de 2011

14F

Querid@s lector@s,
aprovecho el día de hoy para dejaros aquí un relato dedicado a todos los que saben que no hay rosas sin espinas. Espero que os guste.

14F


La brisa hacía ondear su descuidada melena cuando, como cada año, se disponía a sacar su viejo violín de su funda.

Como ocurriese en los últimos 10 años, cada 14 de febrero volvía al mismo lugar, en la misma calle, en la misma ciudad. A la misma hora, justo después de que el reloj de la catedral diera las 12 del medio día, comenzaba a tocar la misma canción.

La ciudad estaba llena de músicos callejeros, por lo que los transeúntes no se molestaban si quiera en pretender un mínimo de interés por las melodías que podían oírse por las calles de la ciudad. Sin embargo esta melodía era distinta. Él era capaz de conseguir en el breve tiempo que durase su canción, más de lo que quisieran conseguir el resto de músicos juntos en un mes.

Ya tenía su público fijo, y con el paso de los años se fue convirtiendo en todo un hito en la ciudad. Muchos habían intentado entrevistarle, pero nadie había conseguido arrancar una palabra de sus labios.

Su música trascendía a las palabras. Con su canción expresaba más de lo que pudiera decir en cualquier entrevista.

No es de extrañar que al tercer o cuarto compás, toda la gente de la zona se amontonase a su alrededor para disfrutar de su talento.

Lamentablemente, como todo en esta vida, su actuación tenía una duración limitada.

Una vez más, como cada año, recoge la recaudación de su funda.

Y como cada año, no encuentra moneda ni billete alguno. Lo único que sienten sus dedos es un pinchazo producido por el único elemento que contiene su funda.

Una rosa, con el tallo lleno de espinas.

Cada año, cuando siente ese pinchazo, el músico vuelve a soñar. Sueña con conocer, algún día, a la persona que, año tras año, deposita en su funda una rosa.

Desearía poder ver quién es. Desearía poder decirle que si año tras año vuelve allí, es sólo con la esperanza de poder sentir en sus dedos el pinchazo de las espinas de su rosa.

Porque no hay rosa sin espinas. Porque nada de lo que merece la pena en esta vida es fácil.

Y por ello, volverá el próximo 14 de febrero volverá a tocar su canción en el mismo lugar de la misma calle de la misma ciudad, tras el repique de medio día de las campanas de la catedral. Y, con suerte, volverá a pincharse con las espinas del tallo de la rosa, esperando poder conocer algún día a esa persona que le hace luchar año tras año contra todas las dificultades que la vida puede presentar a un violinista ciego y mudo.

miércoles, 9 de febrero de 2011

Inmortal

Querid@ lector@,

hace un tiempo que no he dado señales de vida, pero recientes acontecimientos me han impulsado a escribir el siguiente relato. Espero que os guste.


INMORTAL

Allí estaba yo, entre toda aquella gente que me miraba con un gesto extraño. Sus rostros sonreían, pero sus ojos brillaban bañados en lágrimas. Como si dentro de ellos se librase una épica batalla entre la tristeza y la felicidad.

Me incorporé y comencé a caminar entre ellos, aunque nadie notó mi presencia.

Es una sensación extraña presenciar tu propio funeral.

Uno nunca piensa que ese tipo de cosas le puedan suceder, pero soy la prueba viviente (bueno, viviente, lo que se dice viviente...) de que suceden. Te da una perspectiva un tanto curiosa. Es algo que siempre me llamó la atención. La muerte es capaz de ensalzar incluso al peor de los villanos.

No acostumbramos a escuchar en un velatorio expresiones como "sí, murió joven. Y arderá en el infierno", o "era una mala persona", "mejor muerto que vivo", "nadie le echará de menos, tiene lo que merece". Incluso la gente que apenas te conoce habla maravillas de ti.

Y todos acaban con un suspiro y una sentencia lapidaria: "No somos nada".

Pero, ¿cómo que no somos nada? ¡Somos mucho! ¡Somos todo! Ese tipo de expresiones tan devaluativas siempre me pusieron de los nervios.

Como os iba contando, allí estaba yo, presenciando mi entierro. Un día soleado, con un cielo azul cielo precioso, sin un atisbo de nubes. Uno de esos días de película, en los que la hierba está bañada de un verde intenso, los pájaros cantaban al unísono y las flores miraban en perfecta armonía hacia el sol. Un buen día para ser enterrado, sin duda.

Al abrir los ojos me sentí más extraño que nunca. No es agradable despertar en una especie de agujero y ver a toda tu familia, amigos y conocidos, alrededor tuyo con los ojos enjugados en lágrimas, aunque sin saber por qué. Cuesta darse cuenta de que lloran por ti, de que en realidad estas muerto.

Pero una vez lo superas, no está tan mal.

Y os preguntaréis, ¿qué hace un chico tan joven siendo enterrado un día tan bonito?

Todo empezó hace algo más de dos meses. En una visita rutinaria al médico, éste vio algo raro en mis resultados, y empezó a hacerme pruebas.

Lo cierto es que soy todo lo contrario a una persona aprensiva, pero cuando ves a tu médico con cara de preocupación, haciéndote todo tipo de análisis, empiezas a pensar que quizá algo vaya mal. Y por suerte o (como en este caso) por desgracia, siempre tengo razón. Algo iba mal. Joder, y tan mal.

Al parecer tenia una enfermedad crónica en estado muy avanzado, prácticamente terminal.

Según me dijo el médico, lo más probable es que mi vida tuviera una duración ya establecida. Me quedaban unos dos meses de vida.

Quizá creáis que soy un débil, pero informaciones así te dejan hecho polvo.

Nunca había visto expresiones semejantes en la cara de mis padres, que me acompañaban en el momento de recibir la noticia. Hubo un silencio sepulcral. Fue tal el shock que ni siquiera nos salían las lágrimas.

Pero la vida sigue. Más o menos tiempo, pero sigue. Y yo debía seguir con la mía, con más razón, probablemente, que los demás, ya que la mía tenía próxima su caducidad.

Eso hice. Lo bueno de saber que el final de tu vida está próximo es que te dejas de tonterías. Procuras que cada segundo que pase merezca la pena. No tienes tiempo para desperdiciar.

Suena muy tópico, y yo odio los tópicos. Pero lo que es, es. Cuando estás en esa situación, aprendes a valorar lo que la gente llama “las pequeñas cosas”. Pero la gente no tiene ni idea. Esas “pequeñas cosas” son las “grandes cosas” de la vida. Aunque me temo que hay que ver la muerte de cerca para entenderlo.

Así pues, comencé a disfrutar de esas “pequeñas cosas”. Pasear, leer un libro tumbado en la hierba bajo el sol, una comida familiar, salir con tus amigos, hacer el amor, y así un largo etcétera. Y disfrutando de las pequeñas cosas empecé a sentirme más feliz que nunca.

Los problemas que antes me atormentaban, ahora parecían totalmente banales, sin la más mínima importancia. Por el contrario, cosas que por estos problemas había relegado a un segundo plano, cobraban ahora importancia, y llenaban por completos mis días.

Por fin empecé a ser feliz.

La gente que me rodeaba no conseguía entender cómo podía estar tan contento cuando mi vida rozaba su fin. Traté de explicárselo, pero hay cosas que sólo se pueden comprender cuando las vives en tu propia piel. Así que desistí de intentar que lo comprendiesen, esperando que nunca tuvieran que hacerlo.

Cada noche, al cerrar los ojos, no podía dejar de pensar en lo inmensamente feliz que había sido aquél día, y me dormía imaginando que el próximo iba a ser aún mejor.

Y cada mañana, al abrir los ojos, lo primero que hacía era levantar la persiana y contemplar la ciudad, como si estuviera retando al mundo, a ver si era capaz de hacerme aún más dichoso que el día anterior.

Llegó el momento, allá por la tercera semana después de la noticia, que incluso olvidé que mi días estaban contados, que mi vida tenía fijada una fecha de caducidad.

Simplemente vivía en el ahora. Mi fin vivía en el mañana, y por eso no nos encontrábamos en mis pensamientos.

Pero olvidar algo no implica que esto desaparezca.

Rozando ya el segundo mes, mis órganos comenzaron a fallar. Todo mi mundo antes feliz, se iba tiñendo poco a poco de tonos grises. Todo parecía entristecer a mí alrededor. Mi familia, mis amigos, mi chica. Todo menos yo.

Aunque por un breve periodo de tiempo lo olvidé, desde el principio de esta travesía sabía cómo, y relativamente cuando, iba a llegar mi final. El médico me había prevenido de los síntomas, y de que el final del camino iba a ser arduo.

Cuando sentía que la muerte estaba a punto de llamar a mi puerta, reuní a la gente más cercana, y les hice prometer algo.

Que no se dejasen apoderar por la tristeza. Que no llorasen mi marcha.

Lo único que les pedí fue que recodasen la felicidad que me invadió en el último mes. Que recordasen los momentos felices que habían pasado conmigo. Que nunca olvidasen que, si bien me había ido pronto de su lado, siempre permanecería con ellos. La vida eterna no consiste en no morir nunca, sino en vivir dentro de la gente que te ha querido, en dejar tu huella en este mundo.

Tras arrancar la promesa de todos ellos, cerré lentamente los ojos.

No se cuánto tardé en abrirlos. Pero cuando lo hice, vi a mi alrededor a toda aquella gente que me miraba con un gesto extraño. Sus rostros sonreían, pero sus ojos brillaban bañados en lágrimas. Como si dentro de ellos se librase una épica batalla entre la tristeza y la felicidad.

Me incorporé y comencé a caminar entre ellos, aunque nadie notó mi presencia.

Creo que cumplieron su promesa. Por eso estoy hoy aquí, presenciando mi funeral, porque la gente que me quiso, me sigue queriendo. Sigo vivo en su memoria.

Me han hecho inmortal.







Dedicado a Mamá Rosa. Aunque tu cuerpo nos haya dejado,

tu recuerdo vivirá siempre en nosotros.