lunes, 14 de febrero de 2011

14F

Querid@s lector@s,
aprovecho el día de hoy para dejaros aquí un relato dedicado a todos los que saben que no hay rosas sin espinas. Espero que os guste.

14F


La brisa hacía ondear su descuidada melena cuando, como cada año, se disponía a sacar su viejo violín de su funda.

Como ocurriese en los últimos 10 años, cada 14 de febrero volvía al mismo lugar, en la misma calle, en la misma ciudad. A la misma hora, justo después de que el reloj de la catedral diera las 12 del medio día, comenzaba a tocar la misma canción.

La ciudad estaba llena de músicos callejeros, por lo que los transeúntes no se molestaban si quiera en pretender un mínimo de interés por las melodías que podían oírse por las calles de la ciudad. Sin embargo esta melodía era distinta. Él era capaz de conseguir en el breve tiempo que durase su canción, más de lo que quisieran conseguir el resto de músicos juntos en un mes.

Ya tenía su público fijo, y con el paso de los años se fue convirtiendo en todo un hito en la ciudad. Muchos habían intentado entrevistarle, pero nadie había conseguido arrancar una palabra de sus labios.

Su música trascendía a las palabras. Con su canción expresaba más de lo que pudiera decir en cualquier entrevista.

No es de extrañar que al tercer o cuarto compás, toda la gente de la zona se amontonase a su alrededor para disfrutar de su talento.

Lamentablemente, como todo en esta vida, su actuación tenía una duración limitada.

Una vez más, como cada año, recoge la recaudación de su funda.

Y como cada año, no encuentra moneda ni billete alguno. Lo único que sienten sus dedos es un pinchazo producido por el único elemento que contiene su funda.

Una rosa, con el tallo lleno de espinas.

Cada año, cuando siente ese pinchazo, el músico vuelve a soñar. Sueña con conocer, algún día, a la persona que, año tras año, deposita en su funda una rosa.

Desearía poder ver quién es. Desearía poder decirle que si año tras año vuelve allí, es sólo con la esperanza de poder sentir en sus dedos el pinchazo de las espinas de su rosa.

Porque no hay rosa sin espinas. Porque nada de lo que merece la pena en esta vida es fácil.

Y por ello, volverá el próximo 14 de febrero volverá a tocar su canción en el mismo lugar de la misma calle de la misma ciudad, tras el repique de medio día de las campanas de la catedral. Y, con suerte, volverá a pincharse con las espinas del tallo de la rosa, esperando poder conocer algún día a esa persona que le hace luchar año tras año contra todas las dificultades que la vida puede presentar a un violinista ciego y mudo.

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