domingo, 3 de abril de 2011

Cuando fuimos los mejores...

Querid@s lector@s,
perdonad mi ausencia durante el pasado mes. Vuelvo a vosotros con un nuevo relato, que me gustaría dedicar a todos aquellos que compartieron conmigo un tiempo en el que fuimos los mejores.
Espero que os guste.

CUANDO FUIMOS LOS MEJORES

Se levantó aquel día, como el anterior y, presumiblemente, el siguiente.

Aterrizó sus pies en el suelo, sobre sus zapatillas, perfectamente paralelas, a los pies de la cama. Se incorporó y poniéndose el albornoz que colgaba de una percha en la puerta de su habitación, se dirigió a la cocina.

Abrió el armario situado sobre la encimera, y tomó la caja de cereales, como cada mañana. Los sirvió en un tazón, añadió la leche, y se sentó a desayunar mientras veía las noticias matinales.

Inmerso en su monotonía diaria, no pudo controlar su mente, y su subconsciente se apoderó de él.

De repente volvió tiempos pasados, no muy lejanos, en los que cada día era una aventura. Cada mañana se despertaba sin tener la más remota idea de qué le iba a ocurrir a lo largo de la jornada.

Recordó con añoranza los días en que era alguien conocido, o más bien, reconocido. Días en los que cada vez que salía a la calle debía contar con al menos 10 o 15 minutos de paradas por encuentros inesperados en la calle desde su casa hasta cualquiera que fuera su destino.

Días aquellos en los que cada noche, al acostarse hacía un rápido repaso a todo lo que había hecho, y caía en un profundo sueño satisfecho consigo mismo, pues sabía, o mejor dicho, creía, que estaba esculpiendo su nombre en la historia. Quizá no se estudiase su vida en aburridas clases de historia en aulas de instituto, pero sin duda estaba seguro de que sería recordado en un futuro por todo lo que hizo, la gente a la que ayudo, las vidas en las que influyó.

Recordó cómo solía pensar a menudo que ésa era la vida que le gustaba, que le encantaba lo que estaba haciendo y, qué coño, que era el mejor en lo que hacía.

Resbalaron dos pequeñas lágrimas tintadas de nostalgia por su mejilla, mientras seguía comiendo por inercia sus cereales.

Vinieron a él recuerdos de días pasados en los que apenas tenía un segundo libre, en los que no paraba desde que se levantaba de la cama hasta que a ella volvía por la noche (o en muchos casos de madrugada).

Sus días estaban ocupados con clases, reuniones, cafés con unos y con otros y más reuniones.

Sus noches siempre estaban repletas de anécdotas, amores de barra y alcohol.

Fuera donde fuera le conocían. La gente siempre esperaba su llegada y lamentaba su marcha.

Su teléfono sonaba constantemente.

Sus días eran ahora todos iguales. Sus noches se habían ahogado en la monotonía. Apenas recordaba cuál era la melodía de su móvil.

Aquella gloria pasada estaba cada vez más enterrada en la arena del tiempo.


Cuando lo encontraron llevaba ya dos días muerto. Sus ojos aún abiertos parecían mirar con pasión al infinito, como si su alma hubiera partido en un viaje y éstos hubiesen tratado de seguirla.

Nadie reclamó su cadáver.

Apenas acudió gente a su entierro.

Su nombre su borró de la historia al cerrar la carpeta de la autopsia, que diagnosticó una clara muerte por olvido.

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