Un agujero muy pulcro, siempre limpio, y apenas velludo. Su tez era más bien pálida, pues apenas veía la luz del sol, siempre enterrado bajo ropas de algodón.
Lo cierto es que no era mala gente, pero quizá pecaba de prepotencia el algunas ocasiones, presumiendo siempre de su supuesto status corporal.
Toda su vida había transcurrido con cierta felicidad, y sobre todo, tranquilidad.
Pero no todo lo que reluce es oro, me temo; y después de la calma viene la tempestad.
Llegó un día en que, como había ocurrido en anteriores ocasiones, una intensa luz le iluminó. Sin embargo, rápidamente volvió la oscuridad, y todo a su alrededor comenzó a moverse, como si se tratase del más duro de los seísmos. De repente notó cómo una especie de masa semisólida invadía sus cavidades, dejando un nauseabundo rastro tras de sí.
Una vez calmado el seísmo, notó la fricción de algo que se llevaba todo el rastro de aquella masa semisólida y la luz volvió a iluminarle.
Nunca es fácil asumir que no somos quien creíamos ser.
Nunca es fácil averiguar que tu nombre no es "Hombligo", sino "Hojete".
Dedicado a todos los ojetes del mundo que se las van dando por ahí de ombligos.