viernes, 6 de mayo de 2011

Agujeros

Querid@ lector@,
como decía vuelvo tras una breve ausencia, y vuelvo por partida doble. Aquí os dejo otro texto. Más que un relato, yo lo llamaría parida mental, pero quería compartirla con vosotros.
Espero que os guste.

AGUJEROS
Érase una vez un agujero que siempre se presentó con el nombre de "Hombligo". No sabía muy bien de dónde venía, y cómo todos, desconocía hacia dónde iba. Pero siempre le gustó ese nombre, y actuaba como si así le hubieran bautizado.

Un agujero muy pulcro, siempre limpio, y apenas velludo. Su tez era más bien pálida, pues apenas veía la luz del sol, siempre enterrado bajo ropas de algodón.

Lo cierto es que no era mala gente, pero quizá pecaba de prepotencia el algunas ocasiones, presumiendo siempre de su supuesto status corporal.

Toda su vida había transcurrido con cierta felicidad, y sobre todo, tranquilidad.

Pero no todo lo que reluce es oro, me temo; y después de la calma viene la tempestad.

Llegó un día en que, como había ocurrido en anteriores ocasiones, una intensa luz le iluminó. Sin embargo, rápidamente volvió la oscuridad, y todo a su alrededor comenzó a moverse, como si se tratase del más duro de los seísmos. De repente notó cómo una especie de masa semisólida invadía sus cavidades, dejando un nauseabundo rastro tras de sí.

Una vez calmado el seísmo, notó la fricción de algo que se llevaba todo el rastro de aquella masa semisólida y la luz volvió a iluminarle.

Nunca es fácil asumir que no somos quien creíamos ser.

Nunca es fácil averiguar que tu nombre no es "Hombligo", sino "Hojete".

Dedicado a todos los ojetes del mundo que se las van dando por ahí de ombligos.

Humilde crónica de una hierofanía

Querid@s lector@s,
tras una breve ausencia vuelvo, bolígrafo (o mejor dicho, teclado) en mano, con un breve texto que quería compartir con vosotros.
No acostumbro a poner links, pero en esta ocasión haré una excepción para compartir vosotros el momento inspirador de estas palabras.
Aquí os dejo el texto, y despues, el enlace.
Espero que os guste.


HUMILDE CRÓNICA DE UNA HIEROFANÍA

Apenas cabía un alma en el auditorio aquella tarde. Las luces estaban ya apagadas y había un silencio casi sepulcral, capaz de imponer al más veterano de los oradores.

Tras unas breves pero muy, muy sentidas palabras de su digna presentadora, de la primera fila se levantó, y solemnemente caminó hacia el escenario, acosado por la atenta mirada de todo el público.

Carraspeó ligeramente, y comenzó a hablar.

Fue como si de repente la oscuridad fuera aplacada por una intensa luz, visible no a los ojos de la cara, pero cegadora para los del alma.

Todos y cada uno de los allí presentes experimentamos una sensación como nunca lo habíamos hecho.

Con su discurso aquel mago de la palabra consiguió encantar a todos y cada uno de nosotros. Desde los más pequeños hasta lo ya ancianos. Hombres y mujeres. De distintas nacionalidades, colores de piel y creencias.

Todos fuimos uno. Un solo ente atento a cada una de las palabras del orador, encandilados en un éxtasis místico.

Se presentó allí como un hombre solo. Pero ni solo estaba, ni sólo era. Todo su público estaba con él, no sólo físicamente en el auditorio, sino con su espíritu. Y desde luego no era un hombre sólo el que ante nosotros se erguía; era en ese momento mucho más. No fue un hombre sólo Moisés cuando se dirigió a su pueblo a los pies del monte Sinaí con las Tablas de la Ley en sus brazos. No fue un hombre sólo Jesús en su discurso del Monte. Y desde luego, no fue un hombre sólo el pregonero de la Semana Santa, pues conjugó en aquél presente, aires de futuro de la mano del pasado.

Todo empieza y acaba con la palabra dijo en cierto momento. Sin duda el pregón empezó con la Palabra, pero no acabó ahí. El pregón sigue en todos y cada uno de los privilegiados que compartimos aquél momento.

Y en nosotros vivirá para siempre.

Dedicado a mi Padre, como es evidente, y a mi Madre, como es merecido.

Sin raíz, no hay árbol que aguante el vendaval.


Pregón de Semana Santa 2011

domingo, 3 de abril de 2011

Cuando fuimos los mejores...

Querid@s lector@s,
perdonad mi ausencia durante el pasado mes. Vuelvo a vosotros con un nuevo relato, que me gustaría dedicar a todos aquellos que compartieron conmigo un tiempo en el que fuimos los mejores.
Espero que os guste.

CUANDO FUIMOS LOS MEJORES

Se levantó aquel día, como el anterior y, presumiblemente, el siguiente.

Aterrizó sus pies en el suelo, sobre sus zapatillas, perfectamente paralelas, a los pies de la cama. Se incorporó y poniéndose el albornoz que colgaba de una percha en la puerta de su habitación, se dirigió a la cocina.

Abrió el armario situado sobre la encimera, y tomó la caja de cereales, como cada mañana. Los sirvió en un tazón, añadió la leche, y se sentó a desayunar mientras veía las noticias matinales.

Inmerso en su monotonía diaria, no pudo controlar su mente, y su subconsciente se apoderó de él.

De repente volvió tiempos pasados, no muy lejanos, en los que cada día era una aventura. Cada mañana se despertaba sin tener la más remota idea de qué le iba a ocurrir a lo largo de la jornada.

Recordó con añoranza los días en que era alguien conocido, o más bien, reconocido. Días en los que cada vez que salía a la calle debía contar con al menos 10 o 15 minutos de paradas por encuentros inesperados en la calle desde su casa hasta cualquiera que fuera su destino.

Días aquellos en los que cada noche, al acostarse hacía un rápido repaso a todo lo que había hecho, y caía en un profundo sueño satisfecho consigo mismo, pues sabía, o mejor dicho, creía, que estaba esculpiendo su nombre en la historia. Quizá no se estudiase su vida en aburridas clases de historia en aulas de instituto, pero sin duda estaba seguro de que sería recordado en un futuro por todo lo que hizo, la gente a la que ayudo, las vidas en las que influyó.

Recordó cómo solía pensar a menudo que ésa era la vida que le gustaba, que le encantaba lo que estaba haciendo y, qué coño, que era el mejor en lo que hacía.

Resbalaron dos pequeñas lágrimas tintadas de nostalgia por su mejilla, mientras seguía comiendo por inercia sus cereales.

Vinieron a él recuerdos de días pasados en los que apenas tenía un segundo libre, en los que no paraba desde que se levantaba de la cama hasta que a ella volvía por la noche (o en muchos casos de madrugada).

Sus días estaban ocupados con clases, reuniones, cafés con unos y con otros y más reuniones.

Sus noches siempre estaban repletas de anécdotas, amores de barra y alcohol.

Fuera donde fuera le conocían. La gente siempre esperaba su llegada y lamentaba su marcha.

Su teléfono sonaba constantemente.

Sus días eran ahora todos iguales. Sus noches se habían ahogado en la monotonía. Apenas recordaba cuál era la melodía de su móvil.

Aquella gloria pasada estaba cada vez más enterrada en la arena del tiempo.


Cuando lo encontraron llevaba ya dos días muerto. Sus ojos aún abiertos parecían mirar con pasión al infinito, como si su alma hubiera partido en un viaje y éstos hubiesen tratado de seguirla.

Nadie reclamó su cadáver.

Apenas acudió gente a su entierro.

Su nombre su borró de la historia al cerrar la carpeta de la autopsia, que diagnosticó una clara muerte por olvido.

lunes, 28 de febrero de 2011

Pintor de almas

Querid@s lector@s:
os dejo aquí otro relato, dedicado a todos los pintores de almas que pueblan este mundo.
Espero que os guste.

PINTOR DE ALMAS


Érase una vez un pintor, el mejor pintor que jamás haya existido. El mundo entero admiraba su obra; cada día, personas de todos los rincones del planeta acudían a su residencia para admirar su producción.

Lo cierto es que no era un pintor bohemio. Tampoco un artista surrealista de los que sólo unos pocos aprecian, menos entienden, y el resto finge entender y apreciar.

No.

Era un hombre corriente, como tú y como yo. Exteriormente nada hacía pensar que aquél era un personaje tan conocido y admirado por el mundo entero.

En una ocasión, tras acabar su última creación, una niña pequeña, de unos 6 o 7 años, le preguntó:

- ¿Señor, cómo es posible que sea usted un pintor tan famoso y admirado por el mundo entero?

El artista le preguntó:

- ¿Por qué me preguntas eso? ¿No te gustan mis obras?

- ¿Obras? ¿Qué obras? Señor, ¿Por qué viene gente de todo el mundo a ver sus cuadros, si no tiene usted ninguno? Y, ¿Cómo es posible que sea tan buen pintor si es usted manco?

Sonriendo ante la sinceridad de la pequeña, el pintor le contestó:

- Pequeña, los cuadros son algo material, y por consiguiente, algo efímero. Pueden perderse, estropearse, o romperse. Hay mucha gente que sabe pintar cuadros. Mi talento no es ese. Yo no soy un pintor de cuadros. Mis lienzos no están hechos de tela. Yo pinto en las almas de la gente. Pinto sonrisas, pinto recuerdos. Pinto el amor en las tardes de verano. Pinto la melancolía en una lluviosa tarde de invierno. Por muy habilidosos que sean con sus manos, el resto de pintores no hacen más que reproducir un momento concreto o representar una idea determinada.

Mi trabajo consiste en dejar una huella imborrable en las personas. Yo, pequeña, soy un pintor de almas.

- ¿Y cómo puedo ser yo una pintora de almas?

- Es muy fácil, –respondió él- ya eres una pintora de almas. Todos somos pintores de almas. Estoy seguro de que desde el mismo momento en que naciste comenzaste a pintar. Pintaste las almas de tus padres, de tus abuelos y de todos tus familiares. Has pintado y pintas las almas de tus amigos y de tus profesores del colegio. Pintarás algún día el alma de algún chico (o chica) que te querrá, y a quien querrás, y quizá puedas pintar la vida de tus futuros hijos, e incluso nietos. Pequeña, todos nos pasamos la vida pintando almas.

- Entonces, ¿qué le hace a usted tan especial, señor pintor?

- Lo único que me diferencia del resto de pintores de almas es que yo soy consciente de ello, y por eso, me esmero en cada trazo, procuro que cada pincelada sea imborrable. Trato de buscar en cada una de mis obras la perfección. Si te equivocas pintando un cuadro, en el peor de los casos tiras el lienzo y comienzas de nuevo. Pero si te equivocas pintando un alma, joven amiga, no hay manera de arreglarlo. Si bien hay gente que tiene el don de obviar esos malos trazos (lo que tú conoces como perdonar), es muy difícil borrarlos del todo. Por ello debes esmerarte en cada pequeña pincelada que des en el alma de los que te rodean. Haz de cada alma una obra de arte, y esta perdurará en el tiempo, y tú perdurarás con ella.

Desde aquel momento, la joven comenzó a pintar (conscientemente) las almas de todos los que le rodeaban. Esmerándose en cada trazo como si no fuera a pintar ninguno más, haciendo de su arte perfección. No tardó mucho en ser tan famosa como aquél pintor que un día le reveló el secreto de su arte, y llegó gente de todo el mundo para contemplar su talento.


lunes, 14 de febrero de 2011

14F

Querid@s lector@s,
aprovecho el día de hoy para dejaros aquí un relato dedicado a todos los que saben que no hay rosas sin espinas. Espero que os guste.

14F


La brisa hacía ondear su descuidada melena cuando, como cada año, se disponía a sacar su viejo violín de su funda.

Como ocurriese en los últimos 10 años, cada 14 de febrero volvía al mismo lugar, en la misma calle, en la misma ciudad. A la misma hora, justo después de que el reloj de la catedral diera las 12 del medio día, comenzaba a tocar la misma canción.

La ciudad estaba llena de músicos callejeros, por lo que los transeúntes no se molestaban si quiera en pretender un mínimo de interés por las melodías que podían oírse por las calles de la ciudad. Sin embargo esta melodía era distinta. Él era capaz de conseguir en el breve tiempo que durase su canción, más de lo que quisieran conseguir el resto de músicos juntos en un mes.

Ya tenía su público fijo, y con el paso de los años se fue convirtiendo en todo un hito en la ciudad. Muchos habían intentado entrevistarle, pero nadie había conseguido arrancar una palabra de sus labios.

Su música trascendía a las palabras. Con su canción expresaba más de lo que pudiera decir en cualquier entrevista.

No es de extrañar que al tercer o cuarto compás, toda la gente de la zona se amontonase a su alrededor para disfrutar de su talento.

Lamentablemente, como todo en esta vida, su actuación tenía una duración limitada.

Una vez más, como cada año, recoge la recaudación de su funda.

Y como cada año, no encuentra moneda ni billete alguno. Lo único que sienten sus dedos es un pinchazo producido por el único elemento que contiene su funda.

Una rosa, con el tallo lleno de espinas.

Cada año, cuando siente ese pinchazo, el músico vuelve a soñar. Sueña con conocer, algún día, a la persona que, año tras año, deposita en su funda una rosa.

Desearía poder ver quién es. Desearía poder decirle que si año tras año vuelve allí, es sólo con la esperanza de poder sentir en sus dedos el pinchazo de las espinas de su rosa.

Porque no hay rosa sin espinas. Porque nada de lo que merece la pena en esta vida es fácil.

Y por ello, volverá el próximo 14 de febrero volverá a tocar su canción en el mismo lugar de la misma calle de la misma ciudad, tras el repique de medio día de las campanas de la catedral. Y, con suerte, volverá a pincharse con las espinas del tallo de la rosa, esperando poder conocer algún día a esa persona que le hace luchar año tras año contra todas las dificultades que la vida puede presentar a un violinista ciego y mudo.

miércoles, 9 de febrero de 2011

Inmortal

Querid@ lector@,

hace un tiempo que no he dado señales de vida, pero recientes acontecimientos me han impulsado a escribir el siguiente relato. Espero que os guste.


INMORTAL

Allí estaba yo, entre toda aquella gente que me miraba con un gesto extraño. Sus rostros sonreían, pero sus ojos brillaban bañados en lágrimas. Como si dentro de ellos se librase una épica batalla entre la tristeza y la felicidad.

Me incorporé y comencé a caminar entre ellos, aunque nadie notó mi presencia.

Es una sensación extraña presenciar tu propio funeral.

Uno nunca piensa que ese tipo de cosas le puedan suceder, pero soy la prueba viviente (bueno, viviente, lo que se dice viviente...) de que suceden. Te da una perspectiva un tanto curiosa. Es algo que siempre me llamó la atención. La muerte es capaz de ensalzar incluso al peor de los villanos.

No acostumbramos a escuchar en un velatorio expresiones como "sí, murió joven. Y arderá en el infierno", o "era una mala persona", "mejor muerto que vivo", "nadie le echará de menos, tiene lo que merece". Incluso la gente que apenas te conoce habla maravillas de ti.

Y todos acaban con un suspiro y una sentencia lapidaria: "No somos nada".

Pero, ¿cómo que no somos nada? ¡Somos mucho! ¡Somos todo! Ese tipo de expresiones tan devaluativas siempre me pusieron de los nervios.

Como os iba contando, allí estaba yo, presenciando mi entierro. Un día soleado, con un cielo azul cielo precioso, sin un atisbo de nubes. Uno de esos días de película, en los que la hierba está bañada de un verde intenso, los pájaros cantaban al unísono y las flores miraban en perfecta armonía hacia el sol. Un buen día para ser enterrado, sin duda.

Al abrir los ojos me sentí más extraño que nunca. No es agradable despertar en una especie de agujero y ver a toda tu familia, amigos y conocidos, alrededor tuyo con los ojos enjugados en lágrimas, aunque sin saber por qué. Cuesta darse cuenta de que lloran por ti, de que en realidad estas muerto.

Pero una vez lo superas, no está tan mal.

Y os preguntaréis, ¿qué hace un chico tan joven siendo enterrado un día tan bonito?

Todo empezó hace algo más de dos meses. En una visita rutinaria al médico, éste vio algo raro en mis resultados, y empezó a hacerme pruebas.

Lo cierto es que soy todo lo contrario a una persona aprensiva, pero cuando ves a tu médico con cara de preocupación, haciéndote todo tipo de análisis, empiezas a pensar que quizá algo vaya mal. Y por suerte o (como en este caso) por desgracia, siempre tengo razón. Algo iba mal. Joder, y tan mal.

Al parecer tenia una enfermedad crónica en estado muy avanzado, prácticamente terminal.

Según me dijo el médico, lo más probable es que mi vida tuviera una duración ya establecida. Me quedaban unos dos meses de vida.

Quizá creáis que soy un débil, pero informaciones así te dejan hecho polvo.

Nunca había visto expresiones semejantes en la cara de mis padres, que me acompañaban en el momento de recibir la noticia. Hubo un silencio sepulcral. Fue tal el shock que ni siquiera nos salían las lágrimas.

Pero la vida sigue. Más o menos tiempo, pero sigue. Y yo debía seguir con la mía, con más razón, probablemente, que los demás, ya que la mía tenía próxima su caducidad.

Eso hice. Lo bueno de saber que el final de tu vida está próximo es que te dejas de tonterías. Procuras que cada segundo que pase merezca la pena. No tienes tiempo para desperdiciar.

Suena muy tópico, y yo odio los tópicos. Pero lo que es, es. Cuando estás en esa situación, aprendes a valorar lo que la gente llama “las pequeñas cosas”. Pero la gente no tiene ni idea. Esas “pequeñas cosas” son las “grandes cosas” de la vida. Aunque me temo que hay que ver la muerte de cerca para entenderlo.

Así pues, comencé a disfrutar de esas “pequeñas cosas”. Pasear, leer un libro tumbado en la hierba bajo el sol, una comida familiar, salir con tus amigos, hacer el amor, y así un largo etcétera. Y disfrutando de las pequeñas cosas empecé a sentirme más feliz que nunca.

Los problemas que antes me atormentaban, ahora parecían totalmente banales, sin la más mínima importancia. Por el contrario, cosas que por estos problemas había relegado a un segundo plano, cobraban ahora importancia, y llenaban por completos mis días.

Por fin empecé a ser feliz.

La gente que me rodeaba no conseguía entender cómo podía estar tan contento cuando mi vida rozaba su fin. Traté de explicárselo, pero hay cosas que sólo se pueden comprender cuando las vives en tu propia piel. Así que desistí de intentar que lo comprendiesen, esperando que nunca tuvieran que hacerlo.

Cada noche, al cerrar los ojos, no podía dejar de pensar en lo inmensamente feliz que había sido aquél día, y me dormía imaginando que el próximo iba a ser aún mejor.

Y cada mañana, al abrir los ojos, lo primero que hacía era levantar la persiana y contemplar la ciudad, como si estuviera retando al mundo, a ver si era capaz de hacerme aún más dichoso que el día anterior.

Llegó el momento, allá por la tercera semana después de la noticia, que incluso olvidé que mi días estaban contados, que mi vida tenía fijada una fecha de caducidad.

Simplemente vivía en el ahora. Mi fin vivía en el mañana, y por eso no nos encontrábamos en mis pensamientos.

Pero olvidar algo no implica que esto desaparezca.

Rozando ya el segundo mes, mis órganos comenzaron a fallar. Todo mi mundo antes feliz, se iba tiñendo poco a poco de tonos grises. Todo parecía entristecer a mí alrededor. Mi familia, mis amigos, mi chica. Todo menos yo.

Aunque por un breve periodo de tiempo lo olvidé, desde el principio de esta travesía sabía cómo, y relativamente cuando, iba a llegar mi final. El médico me había prevenido de los síntomas, y de que el final del camino iba a ser arduo.

Cuando sentía que la muerte estaba a punto de llamar a mi puerta, reuní a la gente más cercana, y les hice prometer algo.

Que no se dejasen apoderar por la tristeza. Que no llorasen mi marcha.

Lo único que les pedí fue que recodasen la felicidad que me invadió en el último mes. Que recordasen los momentos felices que habían pasado conmigo. Que nunca olvidasen que, si bien me había ido pronto de su lado, siempre permanecería con ellos. La vida eterna no consiste en no morir nunca, sino en vivir dentro de la gente que te ha querido, en dejar tu huella en este mundo.

Tras arrancar la promesa de todos ellos, cerré lentamente los ojos.

No se cuánto tardé en abrirlos. Pero cuando lo hice, vi a mi alrededor a toda aquella gente que me miraba con un gesto extraño. Sus rostros sonreían, pero sus ojos brillaban bañados en lágrimas. Como si dentro de ellos se librase una épica batalla entre la tristeza y la felicidad.

Me incorporé y comencé a caminar entre ellos, aunque nadie notó mi presencia.

Creo que cumplieron su promesa. Por eso estoy hoy aquí, presenciando mi funeral, porque la gente que me quiso, me sigue queriendo. Sigo vivo en su memoria.

Me han hecho inmortal.







Dedicado a Mamá Rosa. Aunque tu cuerpo nos haya dejado,

tu recuerdo vivirá siempre en nosotros.



viernes, 21 de enero de 2011

Viejo músico callejero

Querid@s lector@s,
aquí os dejo un relato que escribí hace no mucho, con la esperanza de que os guste.

VIEJO MÚSICO CALLEJERO



La lluvia recorría sus encallados dedos, hartos de “LA Mayor” y “SI Bemol”, cuando aquel viejo músico se disponía a recoger su maltrecha guitarra y guardarla en la que algún día fue una funda reluciente. Pero el relucir había pasado hacía muchos años. Y el cielo estaba nublado.

Se arrodilló y tomó su sombrero que a tantos viajes le había acompañado. Recogió unos pocos céntimos que habían dejado en él, y se lo puso guardando la recaudación en un saquito de cuero, parecido a un monedero, recuerdo, quizá, de alguna de sus giras por el mundo.

Se ató su canosa y encardada melena y cogiendo sus enseres se dispuso a partir hacia quién sabe dónde.

Su mirada reflejaba mayor sabiduría de la que alcanzamos la mayoría de los mortales en toda una vida. Sus hombros caídos soportaban el peso de un pasado entre escenarios, drogas, alcohol… Y sexo.

Así se fue el músico, arrastrando los pies más que caminando, envuelto entre una multitud que parecía ignorarle. Invisible entre aquellos que tiempo atrás le habían aclamado. Fans que hubieran empeñado hasta la vida por una simple firma, y que ahora le miran por encima del hombro cuando dejan resbalar entre sus dedos las monedas sobrantes de la compra. La vuelta de un billete de diez. Y el ticket marca nueve con noventa y ocho.

Pero él se lo agradece igual.

Viejo músico callejero, que en tu día fuiste un héroe y ahora deleitas a los transeúntes con tu talento, pidiendo a cambio poco más que nada.

Sin embargo, entre esa barba blanquinegra se atisba una sonrisa; unos labios arqueados por el recuerdo de un tiempo pasado. No mejor, tampoco peor. Simplemente pasado.

El paso del tiempo ha tallado en su cara lecciones de vida que sus manos grabaron al compás de los acordes en su guitarra. Lecciones que algunos intuyen, muchos omiten, pero todos acabamos comprobando.

Pasó su fama. Quemó su fortuna entre marihuana. La sumergió en whiskey caro. Y lo poco que le quedaba lo esnifó en vientres de burdel.

Pasaron los días de juergas, de borracheras, de ser un dios.

Pasó el pasado.

Pero su amor nunca le ha dejado. Su amante ha permanecido a su lado aún cuando el resto del mundo parecía desvanecerse.

Viejo músico callejero, entre mujeres y alcohol encontraste al amor de tu vida. No la dejes. No la olvides. Ella siempre estará contigo.

La música nunca te abandonará.

lunes, 17 de enero de 2011

Impenetrable muro

Querido lector,
sé que aún no tenemos mucha confianza, pero confío en que con el paso del tiempo podamos ir ganándola.
Permíteme que te cuente algo que me ocurrió hace no demasiado.
Salí antes de lo normal del trabajo, y como hacía buen tiempo, decidí dar un rodeo para volver a casa. Me puse a caminar, con la compañía de mi inseparable amiga la música, y cuando me quise dar cuenta, estaba en algún lugar a las afueras de Salamanca. Había estado tan ensimismado en mis pensamientos, que ni era consciente de la ruta que había tomado.
Pero eso no me preocupó. Simplemente seguí caminando.
Y así, caminando, caminando, llegué a un pequeño claro que había junto al río. Me senté un instante a descansar, y mientras mi mirada se perdía en el infinito, algo la distrajo de su viaje.
A pocos metros de mí, entre unos arbustos, vi a una joven, arrodillada, con su rostro oculto por unas manos y aparentemente sollozando.
Sin duda esto llamó mi atención, y no pude evitar acercarme para ver qué le ocurría.
Empezamos a charlar y la chica me desveló que hace tiempo cultivaba rosales en aquél lugar. Unos rosales en los que germinaban las rojas más intensas que jamás nadie hubiera visto. En sus tallos no amenazaba espina alguna. Un placer, sin duda, para los sentidos.
Sin embargo, un invierno hubo una helada terrible, y todos murieron.
Bueno, todos menos uno.
Un pequeño ejemplar que no había más que ver para saber que había sido terriblemente maltratado por el tiempo. Era seguramente el más pequeño de todos los que una vez hubo. Y, al menos a simple vista, debía ser el más débil también. Sin embargo, era el que había perdurado; aunque ya no era el mismo.
Sus tallos había generado unas espinas afiladas como cuchillos. Ningún animal se atrevía a acercarse a aquel rosal, ya que aquel que intentaba aproximarse salía gravemente dañado por las espinas.
Y por si no fuera poco, la joven muchacha, temerosa de perder el único de los rosales que un día poblaban su pequeño jardín, y que maravillaban a todo aquél que por allí pasaba, había levantado un muro al rededor de dicho rosal.
Debido a este muro, era imposible ver aquél pequeño ejemplar. Nada ni nadie podía acceder a través de él.
Estaba claro que la muchacha había protegido al rosal de toda agresión, de todo aquello que pudiera dañarle.
Pero no se dio cuenta de que el rosal, para poder seguir con vida, debía recibir la luz del sol y ser regada; y también de esto había privado a la débil planta.
Aquello que pretendía protegerlo, no hacía sino destruirla lentamente. Y como era evidente, el rosal acabó muriendo.
Sentí una profunda tristeza por aquella joven, pero no conseguía entender por qué había levantado aquel muro, era evidente que, si bien protegería al rosal de toda agresión exterior, también le privaría de aquello que necesitaba para vivir.
Seguimos charlando sobre esto y aquello, hasta que por fin se tranquilizó. Le acompañe hasta su puerta, y allí nos despedimos.
De camino a casa, no podía dejar de darle vueltas a aquél encuentro, y a la actitud de la chica con su rosal. Y a base de darle vueltas, me di cuenta de algo que me hizo replantearme mi vida.
Aquella chica no había hecho nada distinto con su rosal de lo que hacemos todos con nuestras vidas.
Cuando hemos sufrido, nos han maltratado, y apenas queda un pequeño resquicio de la felicidad que un día nos inundaba, levantamos una pared,un muro que no dejamos que nadie penetre para evitar que nos hagan daño. Pero no nos damos cuenta de que ese muro también puede frenar muchas cosas buenas, felices, y en muchos casos, indispensables para la vida.

Aquél día hice una grieta en mi muro lo suficientemente amplia para poder ofrecer al menos una oportunidad de llegar a mí a todo aquello que pueda hacerme feliz.