Érase una vez un pintor, el mejor pintor que jamás haya existido. El mundo entero admiraba su obra; cada día, personas de todos los rincones del planeta acudían a su residencia para admirar su producción.
Lo cierto es que no era un pintor bohemio. Tampoco un artista surrealista de los que sólo unos pocos aprecian, menos entienden, y el resto finge entender y apreciar.
No.
Era un hombre corriente, como tú y como yo. Exteriormente nada hacía pensar que aquél era un personaje tan conocido y admirado por el mundo entero.
En una ocasión, tras acabar su última creación, una niña pequeña, de unos 6 o 7 años, le preguntó:
- ¿Señor, cómo es posible que sea usted un pintor tan famoso y admirado por el mundo entero?El artista le preguntó:
- ¿Por qué me preguntas eso? ¿No te gustan mis obras?
- ¿Obras? ¿Qué obras? Señor, ¿Por qué viene gente de todo el mundo a ver sus cuadros, si no tiene usted ninguno? Y, ¿Cómo es posible que sea tan buen pintor si es usted manco?
Sonriendo ante la sinceridad de la pequeña, el pintor le contestó:
- Pequeña, los cuadros son algo material, y por consiguiente, algo efímero. Pueden perderse, estropearse, o romperse. Hay mucha gente que sabe pintar cuadros. Mi talento no es ese. Yo no soy un pintor de cuadros. Mis lienzos no están hechos de tela. Yo pinto en las almas de la gente. Pinto sonrisas, pinto recuerdos. Pinto el amor en las tardes de verano. Pinto la melancolía en una lluviosa tarde de invierno. Por muy habilidosos que sean con sus manos, el resto de pintores no hacen más que reproducir un momento concreto o representar una idea determinada.
Mi trabajo consiste en dejar una huella imborrable en las personas. Yo, pequeña, soy un pintor de almas.
- ¿Y cómo puedo ser yo una pintora de almas?
- Es muy fácil, –respondió él- ya eres una pintora de almas. Todos somos pintores de almas. Estoy seguro de que desde el mismo momento en que naciste comenzaste a pintar. Pintaste las almas de tus padres, de tus abuelos y de todos tus familiares. Has pintado y pintas las almas de tus amigos y de tus profesores del colegio. Pintarás algún día el alma de algún chico (o chica) que te querrá, y a quien querrás, y quizá puedas pintar la vida de tus futuros hijos, e incluso nietos. Pequeña, todos nos pasamos la vida pintando almas.
- Entonces, ¿qué le hace a usted tan especial, señor pintor?
- Lo único que me diferencia del resto de pintores de almas es que yo soy consciente de ello, y por eso, me esmero en cada trazo, procuro que cada pincelada sea imborrable. Trato de buscar en cada una de mis obras la perfección. Si te equivocas pintando un cuadro, en el peor de los casos tiras el lienzo y comienzas de nuevo. Pero si te equivocas pintando un alma, joven amiga, no hay manera de arreglarlo. Si bien hay gente que tiene el don de obviar esos malos trazos (lo que tú conoces como perdonar), es muy difícil borrarlos del todo. Por ello debes esmerarte en cada pequeña pincelada que des en el alma de los que te rodean. Haz de cada alma una obra de arte, y esta perdurará en el tiempo, y tú perdurarás con ella.
Desde aquel momento, la joven comenzó a pintar (conscientemente) las almas de todos los que le rodeaban. Esmerándose en cada trazo como si no fuera a pintar ninguno más, haciendo de su arte perfección. No tardó mucho en ser tan famosa como aquél pintor que un día le reveló el secreto de su arte, y llegó gente de todo el mundo para contemplar su talento.
Miguel... beautiful!
ResponderEliminar