lunes, 4 de marzo de 2013

El libro que perdió las letras por falta de luz

Querido lector,
vuelvo a volver por estas tierras. No se por cuanto tiempo, pero lo que importa es que ahora, en este momento, estoy aquí.
Quiero compartir con vosotros el último relato, escrito para un concurso familiar.
Espero que os guste.


El libro que perdió las letras por falta de luz


En el origen de los tiempos, antes de que existiera el hombre, antes que el animal y la planta, existía la palabra.
La palabra tenía un poder prácticamente ilimitado. Tan increíble era, que el resto de fuerzas místicas le tenían una terrible envidia.
Así, un día, se reunieron todas para limitar su poder. Crearon un conjuro por el cual la palabra sólo tendría acceso a él cuando fuera evocada, bien de manera oral o escrita.
La palabra, asustada, se transformó entonces en libro, contando la historia de su magnificencia y de su maldición. Pero este libro no quedó impune al conjuro de las fuerzas místicas. Sin la luz del sol, este libro parecería un libro en blanco...

Recuerdo bien la primera vez que vi aquél libro.
Estaba lleno de polvo, en el desván de la casa de mis abuelos. En absoluto llamaba la atención; más que un libro parecía un cúmulo de suciedad.
Está grabado a fuego en mi memoria el día en que me aventuré a tomarlo en mis manos, limpiarlo superficialmente y abrirlo...
Para ser sincero, he de decir que me decepcionó bastante. El libro, que yo esperaba que contuviese algún secreto de familia, un mapa del tesoro, o alguna antigua profecía, estaba en blanco. Páginas y páginas en un tono amarillento sin una sola palabra.
Pero era extraño pues daba la sensación de que tiempo atrás aquél libro había estado repleto de palabras que contaban una historia ancestral. Sin embargo por más que escudriñé aquellas páginas en el desván, fui incapaz de encontrar el más mínimo rastro de nada.
Aquel libro volvió al rincón en el que lo había encontrado, y continuó acumulando polvo durante muchos años, hasta que un día, mis padres decidieron vender aquella casa. Cuando estábamos recogiendo todas nuestras pertenencias volvió aquel libro a mis manos.
En verdad no se qué esperaba cuando lo abrí de nuevo, pero por alguna extraña razón me invadieron unas irresistibles ganas de ojearlo de nuevo, buscando las palabras que años atrás había sido incapaz de encontrar.
En ese momento sucedió lo que cabía esperar. Seguía tan vació y amarillento como estuviera años atrás, en nuestro primer encuentro.
Lo extraordinario ocurrió unos días más tarde, cuando estaba en el jardín de mi casa, aprovechando una espléndida tarde de sol, revisando los viejos trastos que habíamos sacado de aquel desván.
Al ir a coger una de las cajas, ésta se volcó, dejando caer todo el contenido al suelo. Entre varios cacharros que a decir verdad, ni si quiera sabía lo que eran, apareció de nuevo el libro, que había quedado abierto por la mitad.
Aún ahora me cuesta creerlo, pero lo cierto es que al ir a recogerlo me di cuenta de que las páginas antes vacías, estaban ahora repletas de palabras.
Me senté en el “poyo” del jardín, y comencé a leerlo desde el principio.
Era una antigua historia, al parecer, más antigua que todo. En ella contaba como las fuerzas místicas relegaron a la palabra a un segundo plano, limitando su poder. Y cómo desde entonces ha intentado recobrarlo a través del hombre. Pero lo más extraño fueron las últimas páginas que había escritas. En ellas, se relataba la historia de cómo ese libro, que atestiguaba la mágica historia de la palabra, tras muchos años dormido entre ácaros, había perdido ya toda esperanza. La oscuridad se había apoderado de él, y había perdido todas sus palabras. Pero después de muchos años, desvanecida ya toda esperanza, un joven volvió a abrirlo, y con la luz del sol volvieron a él las palabras, las historias... la magia.

Y desde entonces soy guardián de esa historia. Soy responsable de luchar por que la palabra recobre el poder que le pertenece, y que nunca más vuelva a caer en el olvido.

1 comentario:

  1. Las palabras pueden destruir y sanar. Cuando son sinceras, pueden cambiar el mundo. Algo así dicen que dijo Buda. Y estoy de acuerdo. Quizá todos debiéramos hacernos responsables de ellas, al menos unas pocas cada uno.

    Un abrazo :)

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